MONTESINOS
Por Lukas Gómez
(Autorizada la difusión citando al autor y la fuente)
Tengo una ventaja sobre otros comentaristas. Nunca lo había visto. Sucede que rara vez veo televisión y por eso, su imagen fue una novedad para mi. Nunca antes lo vi en sus días de gloria. Yo no vivía en el Perú. Eso me libra de la percepción acostumbrada, condicionada por el diluvio de opiniones sobre el personaje.
Mi impresión es que no hubo nada improvisado en su actuación, porque fue una actuación teatral. Además es de reconocer que es un buen actor. Aparte de eso es astuto y tiene una inteligencia ágil, aunque no demasiado profunda y muy retorcida, como su evidente cultura de Reader’s Digest.
Llegó con tres objetivos y consiguió dos. En el primero y el que más le interesaba, tuvo un éxito rotundo. Quería vengarse de su Jefe, el japonés cobarde que lo abandonó y que huyó lejos con parte importante del botín. En la mafia es normal tratar bien al condenado y no advertirle de lo que le espera. (“Tranquilo, como voy a matar al marido de mi hermana, al padre de mi ahijado” dice el Padrino). Por eso lo saludó con una venia de corte oriental, que repitió hacia otras personas, para disimular, en un toque de complicidad que significaba: ‘Jefe, le saludo primero a usted, pero también saludo a otros para que no se note que vengo a ayudarlo’.
Con sonrisas, guiños, reverencias y humor ácido a costa de futuros testigos logró romper la máscara oriental y conseguir guiños y sonrisas de su Jefe, que agradecido por la 'lealtad' de su ex socio y subordinado, se dejaba arrullar y creyó que le estaba ayudando. Pero no fue así. Montesinos dijo demasiado alto, demasiado fuerte, que su Jefe era inocente. No justificó ni fundamentó su afirmación ni negó sus anteriores declaraciones (todas en sentido contrario), ni dio oportunidad para ser interrogado, de modo que su afirmación quedó vacía, tan vacía que hasta el propio abogado defensor se lamentó de esa ayuda. (“Con amigos así, para qué quiero enemigos”, dicen en España). Sus anteriores declaraciones serán tomadas en cuenta por el Tribunal y no fueron ni podrán ser rebatidas.
Luego cumplió su segundo objetivo que –además de divertirlo- le servía para reforzar el primero. Simplemente era burlarse del Tribunal, del Fiscal, de los Jueces y de los Abogados. ¿Por qué burlarse de ellos? Porque juzgarán a su Jefe y socio y su actitud los enfadó y será difícil que se libren de ese malestar a la hora de dictar sentencia. Los jueces y fiscales son seres humanos. En esta tarea se apoyó en su lenguaje corporal y en su habilidad dialéctica. Y aquí, en este punto, cometió un error. Se extasió tanto con su papel que se retrató de cuerpo entero. Me explico. Sus gestos y ademanes fueron los de un gobernante con sus subordinados. Quiso demostrar su poder, su grandeza en sus intentos de reírse de sus jueces.
Por momentos consiguió impresionarlos y enredarlos; pero se olvidó de que lo estaba viendo mucha más gente. Y sin Poder es un don nadie. Es un ‘patita’ de provincia intentando impresionar. Esos latines o latinicos extemporáneos y cursis lo retratan. Sus ademanes revelan su homosexualidad no asumida. Su lenguaje revela el esfuerzo del pobre que aprende palabras en el diccionario para repetirlas sin ton ni son ni que vengan a cuento, con el sólo fin de acreditarse como erudito. Me dio pena. Es un payaso que tuvo poder y al que por eso se le celebraba su estulticia; pero ahora sólo vemos el provinciano que intenta pasar por aristócrata y al que le faltan generaciones de dormir en sábanas de hilo.
Y por eso, porque todo el mundo vio y de alguna manera todos comprendieron, (aunque la percepción condicionada les haya impedido darse cuenta en el mismo instante), todos supieron que era un actorzuelo, un farsante, un payaso y ahí perdió la oportunidad de conseguir su tercer objetivo. Porque en su delirio de grandeza intentó colar una imagen suya diferente a la de ladrón y genocida.
Tuvo la audacia (que eso no le falta) en su tercer objetivo de intentar convencer a todo el Perú (y el mundo) de que él es James Bond. Un Bond calvo y con vestido dominguero, que salvó al Perú de la balcanización o descuartizamiento planeado por la CIA con la complicidad de países vecinos. Y para probarlo insistió en sus dotes de amansador de fieras, con la Iparraguirre y el Guzmán Reynoso haciendo el ridículo papel de gatitos falderos junto a toda la cúpula de la banda terrorista. Fracasó. Es demasiado conocido y perro viejo no aprende nuevas tretas. La gente lo vio representar el ridículo papel de Super Agente 86, sin ningún parecido ni semejanza remota con Bond. Nadie creyó su película. Nadie le vio de superhéroe como él quiere verse. Todos vieron al payaso sangriento intentando sacar conejos de la chistera. La gente le conoce bien, y le recuerdan en sus días de gloria, cuando actuaba de encantador de serpientes y corruptor de periodistas y uniformados. Su ambición y su egolatría le llevaron a fracasar en su tercer objetivo.




