TRANSGÉNICOS = MÁS HAMBRE PARA LOS POBRES
MÁS HAMBRE PARA LOS POBRES
Astrid Barnet (AIN, especial para ARGENPRESS.info)
Fuente: www.argenpress.info/nota.asp?num=051859&Parte=0
El caos derivado del llamado orden económico internacional resulta muy doloroso si se es pobre y dependiente de una estructura manejada por los poderosos. Hasta las tortillas mexicanas han caído en ese innoble esquema.
Recientemente, en distintas regiones de México, los precios de ese alimento -esencial en cualquier mesa de un hogar de familia pobre-, aumentaron más del 50 por ciento. Y continúan en ascenso, al igual que otros artículos básicos.
Esta amenaza de altos precios resulta consecuencia de lo que podría llamarse (para muchos observadores), el efecto del etanol o, lo que es igual: el sucio negocio de Washington dirigido al etanol producido a partir de maíz como sustituto del petróleo, cuyas principales fuentes radican en las zonas del orbe que sufren con más rigor las consecuencias de ese orden económico.
Un objetivo principal de la política exterior norteamericana siempre ha sido la de crear un orden internacional (en diferentes épocas), en el cual las grandes corporaciones tienen libre acceso a los mercados, recursos y oportunidades de inversión. Se le llama comúnmente libre comercio.
El boom del etanol encaja con ese patrón. Como ha sido discutido por distintos especialistas en agricultura, el actual problema de política exterior es que “la industria de los biocombustibles está dominada por la política y el interés de grandes transnacionales”, en gran parte por Archer Daniels Midland, actualmente el mayor productor de etanol.
Durante el último periplo del presidente George W. Bush por América Latina, el logro más publicitado fue un acuerdo para vincular a Brasil a la producción de etanol. Pero mientras Bush chorreaba retórica sobre el libre comercio, enfatizaba (¡por supuesto!) la necesidad de mantener altos aranceles para proteger a los productores norteamericanos.
Al respecto, un efecto perjudicial del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) -patrocinado por el gobierno de Washington en 1994-, fue inundar a México con exportaciones agrícolas altamente subsidiadas, expulsando de toda competencia a los productores de esa nación.
Para el economista azteca Carlos Salas, “luego de un aumento sostenido hasta 1993, el empleo agrícola empieza a declinar cuando el NAFTA entra a la fuerza en territorio mexicano, primeramente entre los productores de maíz, algo que provocó que casi una sexta parte de la fuerza del trabajo agrícola de ese país fuera desplazada”.
Indudablemente, un proceso que continúa y que, en la actualidad, está deprimiendo los salarios en otros sectores de esa economía e impulsando la emigración hacia la Unión.
Max Correa, dirigente de la Central Campesina Cardenista, estima que “por cada cinco toneladas compradas a productores extranjeros, un campesino se convierte en candidato a la migración”.
Así las cosas, huelga cualquier comentario o concepto academicista relacionado con orden económico internacional, libre comercio, biocombustibles (maíz-etanol), migración. Todo conlleva a un mismo objetivo: más hambre para los pobres.




