MINISTRO YANQUI EN LIMA


Por Gustavo Esinoza M. *

Como parte de una gira por cinco naciones -la primera desde que sucedió en el cargo a Donald Rumsfeld- el Secretario de Defensa de los Estados Unidos Robert Gates estuvo en Lima en una visita relámpago el viernes 5 del presente.

Su presencia fue poco publicitada, y se vio más bien opacada por asuntos domésticos artificialmente montados con el claro propósito de distraer la atención ciudadana. De ese modo, la inmensa mayoría de los peruanos fue inducida a especular acerca de la presunta violación de un mujer de 24 años que asistió a una orgía en la que se dice, habría estado “un tal Toledo”, que ciertos medios no vacilaron en precisarlo como Alejandro, para incidir en el precario prestigio que en la materia tiene el ex presidente de la nación.

Pero la visita de Gates tuvo ciertamente mucho más trascendencia que la supuesta bacanal de un barrio limeño. Y fue antecedida por la declaración de un alto funcionario el Pentágono que hizo una sutil diferencia referida a la agenda del diálogo previsto por el enviado de Bush a nuestro suelo.

Su país -dijo- “explora” opciones con Colombia y Perú para un eventual traslado de la base militar norteamericana situada actualmente en Manta. Y, para que no quede dudas, subrayó “explorar, no es lo mismo que negociar”.

El ardid idiomático sirvió sin duda para que Allan Wagner, el Ministro de Defensa del Perú enfrentara presto la curiosidad de los medios y descartara ante los reporteros de la prensa extranjera que la visita de Gates “tenga como uno de sus objetivos plantear el traslado de la base militar de Manta, en Ecuador, a Perú”.

Así como antes los politiqueros de oficio acuñaron la frase “conversar, no es pactar” para justificar el acercamiento entre fuerzas al servicio del capital; ahora los diplomáticos no vacilan en considerar que “explorar, no es negociar”. Y que, entonces, “no hay nada de por medio”.

Todos sabemos que sí hay de por medio un tema de fondo: La administración norteamericana está crecientemente preocupada por la evolución política de la región y prepara mecanismos que le permitan enfrentar el reto.

No es casual por cierto el hecho que sólo hace algunas semanas –en septiembre de este año- el Congreso de los Estados Unidos acordó que América Latina “forma parte de su zona de influencia”, y para protegerla, dio algunos pasos precisos, uno de los cuales fue la luz verde para la concreción de los Tratados de Libre Comercio con Perú, Colombia y Panamá.

Lo que aquí se presenta entonces como “un éxito” de la política gubernamental peruana -y que se disputan como un hueso dos perros, Alejandro Toledo y Alan García; no es más que una nueva medida diseñada por la administración norteamericana para afirmar su dominio en la región, convulsionada como está por procesos de claro corte patriótico y antiimperialista.

Mucho es lo que le quita el sueño al gobierno yanqui ahora cuando piensa en el subcontinente. Mira con creciente desconfianza a Venezuela, país del que depende ahora en materia petrolera. Pero mira con la misma preocupación a Bolivia y a Ecuador, sobre todo después del plebiscito en torno a la Constituyente, que le dio tanta fuerza al Presidente Correa. Pero tras esos procesos, ve con inquietud lo que sucede en el Perú, donde fracasan uno a uno los esquemas de dominación que ha venido imponiendo desde 1975 a la fecha.

Ocurre, en efecto, que ni Morales Bermúdez, ni Belaunde, Ni García I, ni Fujimori, ni Toledo, ni García II han logrado perfilar un modelo capaz de perpetuar el sistema vigente. Y antes bien, éste ha sido constante y sistemáticamente acosado por fuerzas de oposición que si bien marchan dispersas, no por eso dejan de constituir un peligro en ciernes.

Para la administración norteamericana es claro que si el proceso peruano sigue la marcha que hoy perfila, en los comicios del 2011 la victoria favorecerá al candidato de la oposición, Ollanta Humala, Es esto -y la ligazón entre el líder opositor peruano y el Presidente Hugo Chávez- lo que no deja vivir a los halcones del Pentágono y, sobre todo, a los cabilderos del Imperio que destilan su odio cotidiano contra el candidato del Nacionalismo.

Teniendo las cartas sobre la mesa, Washington tiene apenas dos caminos: o espera sigiloso lo que ocurra, o se adelanta a las circunstancias.

Si opta por la primera vía, buscará desprestigiar a Ollanta, incentivar disociaciones entre sus colaboradores y amigos, alentar caudillismos y divisiones y valerse del electorerismo desenfrenado que, hoy adormilado, habrá de resucitar apenas se convoquen nuevos comicios.

Si resuelve por la segunda alternativa, tendrá que patear el tablero a la mala y hacerse del control de la situación mediante los torpes métodos de la represión y la violencia. Por si fuera necesario, ya prepara la eventualidad. Cuenta, por lo pronto, con una carta de recambio para un García desteñido: el almirante Giampietri, con la mano oculta del Fujimorismo al que puede indultar y con los grupos de acción que preparan Agustín Mantilla y Absalón Vásquez a la sombra del Poder.

Hay, sin embargo, elementos que aún no sabe cómo enfrentar la política Imperial. Uno de ellos es el creciente prestigio de Cuba en la región y el incremento de la autoridad de Fidel Castro como analista de los problemas de nuestro tiempo.

Como para dar la contra a los agoreros de Miami, el ejemplo de Cuba se extiende en América Latina ganando autoridades y fuerza. No sólo porque nuevos procesos liberadores surgen en diversos confines del continente, sino también porque la propia política cubana despierta creciente simpatía incluso en sectores medios de la población continental cuya situación material se ve cada vez más deteriorada por las caídas del “modelo” vigente. Hoy, Fidel Castro, convertido en el analista más calificado y certero del continente, es una voz que define y orienta con extrema pulcritud y sabiduría en una circunstancia en la que precisamente lo que más hace falta es buen tino y firmeza.

Y el otro elemento del escenario, es la presencia de Irán en nuestra región. La reciente visita del presidente del Estado Islámico Mahmud Ahmadineyad, que estuvo en Caracas y en La Paz, hizo saltar los decibeles del Pentágono y generó un cúmulo de preocupaciones a la “inteligencia” yanqui.

El apoyo iraní a la causa de Venezuela y el surgimiento de una línea de trabajo y soporte económico entre Teherán y Caracas puede poner realmente en riesgo no sólo ya la influencia norteamericana en la región, sino la propia capacidad del Imperio para dar salida a los problemas que lo atenazan en nuestro tiempo.

Maniatado como está en Irak y envuelto en conflictos de los que no puede salir en el Oriente Medio, Estados Unidos comienza a ver la última etapa de su dominación en América Latina (fin)

(*) Del Colectivo de Nuestra Bandera. www.nuestra-bandera.com
Gustavo Espinoza M. ex parlamentario, no tiene ninguna relación con su homónimo actualmente en el Congreso.
NOTA DE MÁXIMO KINAST: Concuerdo sólo en algunos puntos con este interesante análisis.
07/10/2007 11:20 Autor: peruinsolito. Enlace permanente.

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