PERU: DONDE SE PONE EL DEDO….
Por Gustavo Espinoza M. *
Manuel González Prada, una de las más panfletarias figuras de la historia peruana solía acuñar frases violentas referidas al mal gobierno y a las tropelías que consumaba en el Perú la clase dominante. Comentando la corrupción de la época, en uno de sus discursos más apasionados denunció amargamente el nivel odioso que había alcanzado sosteniendo: “donde se pone el dedo, salta la pus…”.
Cien años más tarde, y en el gobierno aprista de Alan García, la historia se repite como si estuviera calcada.
Cuando el Ministerio del Interior resuelve adquirir unidades vehiculares para patrullar la ciudad capital, se descubre a la sombra del Poder, una mafia que había sobrevalorado las compras en perjuicio del Estado por varios millones de soles. Luego de acusaciones y denuncias, investigaciones prolijas y marchas y contramarchas, el gobierno se ve en la necesidad de enmendar lo actuado, lo que pasa por destituir a funcionarios de alto nivel del sector e incluso a la Ministra del ramo Pilar Mazzetti.
Algunos días después, otra denuncia del mismo corte pone en evidencia adquisiciones de ambulancias y equipos de salud, hechas por el ministerio del sector, y el Presidente García –como si fuera inocente de todo- se considera en el deber de apostrofar en público el Ministro Vallejos al que invita al retiro sin ser escuchado.
Inmediatamente después se sabe que en el Ministerio de Educación las cosas marchan por el mismo derrotero. El Ministro José Antonio Chang, declaro nula la compra de cientos de útiles escolares que debían ser enviados a 213 localidades del interior en cumplimiento del Programa Nacional de Movilización por la Alfabetización, uno de los entes burocráticos creados por el régimen para hacer ostentación de una supuesta lucha contra el analfabetismo. También en este caso, pagaron los platos rotos los funcionarios administrativos del sector que debieron dejar sus cargos antes de ser echados de los mismos.
Tras casi todas estas denuncias aparece la mano aviesa de una empresa de capitales chilenos, -Automotriz Gildemeister-, cuyo representante, el ciudadano del país del sur Eduardo Moyano, debió comparecer ante la Comisión de Fiscalización del Congreso de la República y enfrentar la carga publicitaria de los medios que buscaron romper la pita por el lado más débil, echando la culpa a Chile de todo lo que nos ocurre.
Automotriz Gildemeister no es una empresa cualquiera. En el Perú también ha tenido negocios turbios en el Poder Judicial y el Ministerio Público. E incluso, con los candidatos a la Presidencia de la República en los comicios pasados.
Cuando cierta prensa difundió jubilosa la noticia que esa entidad comercial había proporcionado vehículos para la campaña de Ollanta Humala, asomó también la denuncia confirmada de que los había proporcionado también para las campañas de los otros candidatos a la Jefatura del Estado, incluyendo al APRA y a Unidad Nacional.
Aunque las autoridades en ejercicio, incluido el mandatario, se rasgan las vestiduras pronunciando encendidos discursos contra la corrupción, todos saben que ella les llega al cuello, a ellos y a todos los representantes del Poder Político en los distintos niveles. Es la Clase Dominante la que está podrida, y la que hiede cual cadáver insepulto.
Por eso es que crece la confusión en amplios sectores de nuestro pueblo. Luego de la experiencia de la anterior gestión de García, de los mecanismos de oprobio conocidos bajo el fujimorismo, y de la descomposición moral del régimen de Toledo; lo que se percibe hoy no es otra cosa que más de lo mismo. En otras palabras, la misma mugre con distinto ropaje.
Todos sabemos que la corrupción en consustancial a la sociedad capitalista, y es que en ella se multiplican las deformaciones de la personalidad, como consecuencia del “modelo” que se forma. La gente busca sobresalir a cualquier precio, el consumismo devora a las personas y la frivolidad se impone como norma en tanto que los valores esenciales pasan a segundo plano.
Porque eso ocurre, hay quienes sostienen que ésta, es una situación sin salida. Que vivimos una experiencia consustancial al sistema y que no hay más alternativa que hacerse de la vista gorda y permitir el fenómeno. Otros creen que con prédicas moralistas y medidas puntuales, será posible remontar la crisis y vencer gradualmente este extraño cáncer.
En realidad, unos y otros están equivocados. Ni el hombre es corrupto por naturaleza, ni la sociedad puede corregirse con efectos cosméticos. Si alguna conclusión hay que extraer de todo esto, es la necesidad de cambiar de raíz la estructura de dominación vigente.
La Revolución Social, es decir el cambio radical de las relaciones de producción y el surgimiento de un orden nuevo, más humano y más justo, surge otra vez ante los ojos de los peruanos como la única alternativa. Ni la oligarquía corrupta ni la burguesía filantrópica tienen nada que ofrecer en una circunstancia como ésta.
La marea social crece en el marco de la lucha contra la corrupción y la impunidad. Cuando tome forma y cuando por la acción de las masas se convierta en una ola incontenible, los afectados por ella correrán espantados; pero se oirá otra vez la voz de González Prada: “No somos la inundación de la barbarie –dirá- somos el diluvio de la justicia”.
Ese diluvio será sin duda el movimiento que derrumbará este castillo de naipes y abrirá un nuevo camino al pueblo (fin)
(*) Del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera
03/03/2007 20:33 Autor: peruinsolito. Enlace permanente.




