¿QUIÉN ERES, ALAN GARCÍA?
Fuente: Perú21 14/01/2007
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La fotografía del presidente García saltando en una pose de baile grotesca, que fue portada de Perú.21 esta semana, seguramente será una de las más recordadas del periodo. Lo mismo ocurrió con esa toma en la que Eliane Karp, más agestada de lo habitual, levanta ante la "portátil" el brazo con el puño cerrado y la contrita mirada de su marido revela que, otra vez, lo está poniendo en aprietos.
En ambos casos, la instantánea muestra algo nuclear, que los protagonistas preferirían ocultar. Esto es, sus pulsiones más primitivas, menos trabajadas y socializadas. En la foto del presidente asistimos a un acto de exhibicionismo que, fuera de hacernos reír -con algo de susto-, nos lleva a preguntarnos por la relación entre ese extraño huésped que asoma cuando nadie lo ha invitado, y el comportamiento político del susodicho, cuya tendencia se hace más inquietante a medida que el tiempo pasa.
Más allá de que el traspiés de la pena de muerte haya o no sido una jugada cínica, el goce de promoverla salta a la vista. Escuchar, por ejemplo, a Keiko Fujimori decir por radio, con ese tono ingenuo y fresco que tan buenos resultados le ha dado para hacernos creer que ella no sabía nada (y su papá tampoco), que apoyaba la implantación de la pena capital (poco le faltó para decir "de todo corazón"), no es más que otro de los numerosos indicadores del pacto con la oscuridad que parece haber firmado Alan II. No basta con decir que es solo demagogia porque ya se sabía que la propuesta era tan inviable como el referéndum sacado de la manga, in extremis, por el presidente.
Tampoco es suficiente advertir que son cortinas de humo destinadas a enmascarar la ausencia de reformas de fondo en asuntos realmente "capitales". Hay más: por todos lados aparecen evidencias de una deriva cada vez más retrógrada, que tiene entusiasmados no solo a los fujimoristas, sino también a todos aquellos que, en nuestro precario sistema político, apuestan a suprimir una serie de derechos civilizados que consideran un estorbo para la marcha de nuestra sociedad. De ahí que la sugerencia de alejarse de instancias internacionales como la Corte Interamericana de DD.HH. o cualquier calumnia que desprestigie el trabajo de la CVR y la lucha anticorrupción, sea acogida con alborozo por estos sectores.
Tal como se aprecia en la pose de sátiro y el elocuente gesto de la foto, el Alan García cincuentón se siente más desinhibido para exhibir sus impulsos destructivos. Así, esta semana lo hemos escuchado referirse sarcásticamente al monumento El Ojo que Llora, sin mostrar el menor respeto no solo por el espíritu reparador y generoso de esa obra de arte, consagrada a la memoria de las víctimas y la reconciliación de los peruanos, sino por las propias víctimas cuyos nombres fueron escritos en esas piedras.
Nos estamos acostumbrando a esas muestras de intolerancia, insensibilidad e incomprensión, como si no nos sorprendiera que el líder aprista adoptara actitudes tan groseramente reaccionarias. Ese tipo de discurso es el que se esperaría de un político maniqueo y autoritario, alérgico a la idea de una elaboración más compleja de la tragedia que vivimos y hoy todavía nos desgarra.
El problema es que las invocaciones a que asuma su rol con mayor responsabilidad y seriedad no están dando resultado. Por el contrario, se afianza la impresión de que este segundo Alan es un personaje a quien la vida ha enseñado a despojarse de sus principios, más taimado y calculador (lo que Fujimori llamaría "pragmático).
Su problema es que de vez en cuando no resiste y se saca la máscara en público: entonces asoma ese derviche enloquecido, capaz de cualquier cosa con tal de mantener su popularidad, que el lente de Paul Vallejos supo captar con un sentido de la oportunidad digno del maestro Cartier-Bresson.





